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El clásico salteño quedó en amagues. Un grupo de delincuentes, mandados por los “pesados de la barra” se subieron al parapelotas y recién se bajaron cuando su “misión estuvo cumplida”. Con el partido suspendido, se bajaron y se fueron a encontrar con aquellos líderes que armaron todo para dejar en claro quienes son los que mandan en el club: ellos, lamentablemente.
El presidente de Juventud, Rubén González, salió a realizar graves denuncias en contra de personal de la Brigada de Investigaciones. Dejó en claro, además, que estaba cansado de todo esto y que renunciar pasó en algún momento por su mente.
Si González renuncia le estaría dando la razón a estos tipos, pero también estaría escapando de la parte de responsabilidad que tiene en esta historia. Porque el enfrentamiento que se transformó en interna de la propia barra nació cuando se realizó la asamblea en Juventud entre su persona con el camionero Jorge Guaymás. Para quedarse con el sillón de presidente González realizó algunas “prerrogativas” con un sector de la misma barra que ahora denuncia.
Tranzar con estos tipos es como bañarse con un tiburón en la bañera: en cualquier momento el monstruo te come. Y así está pasando no solamente en Juventud, también lo sufre Central, lo que pasa es que su vicepresidente, Pablo López, tiene una manera “especial” de tranzar con los hinchas pesados.
Rubén González no es tan político, quizás no tenga esa cintura para negociar cuando las papas queman. En un momento, la Número 1, la barra que hoy él denuncia, le pintó frases de apoyo en las paredes del club cuando la interna estaba en su punto más álgido: “Comisión directiva y jugadores, la Número 1 está con ustedes”, decía la frase que estaba pintada en la esquina de Lerma y La Rioja. Suponemos que aquél apoyo no fue “gratuito”, como tampoco lo fue la batucada que alentó en la asamblea que se llevó a cabo en el club.
Está muy bien que González inicie una “suerte de cruzada” contra estos tipos, pero también debería haber un “mea culpa” y pensar por que se llegó a esta situación. Si cada uno asume su parte de culpa, los resultados serán los que se buscan, caso contrario, seguiremos dependiendo de un grupo de delincuentes: vamos a jugar un clásico cuando ellos quieran.
Párrafo aparte para la policía. El operativo de seguridad no es amontonar uniformes azules por todos lados. Hoy el partido no se jugó porque 15 chicos subieron al alambre y con este simple método se acabó con las ganas de más de 10 mil personas que querían ver un partido de fútbol. Por suerte, la gente salió tan desilusionada de la cancha que no le quedó ganas de hacer líos y esto ayudó a que la tarde fuese medianamente tranquila. Porque si se decidían a tomarse revancha afuera lo podían haber hecho sin ningún problema, porque si la policía no pudo controlar a quince chicos, ¿qué hubiese pasado si el número de involucrados en un incidente era superior?
Estamos mal, hay muchas cosas por corregir, pero para ello deberemos comenzar a sacarnos el antifaz todos, desde los directivos hasta el último hincha de este golpeado fútbol salteño.

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